Al consultorio de un famoso médico se presentó un hombre de un raro aspecto: su cuerpo presentaba una exagerada hinchazón y sus ojos no tenían el brillo característico de las personas (muy parecido a los ojos de los peces); su piel era extremadamente pálida y, a pesar de un fuerte olor a lociones, se le sentía otro olor a carne descompuesta.
El médico, conteniendo las náuseas que le producía aquel hombre, le preguntó por el mal que le aquejaba, y el paciente le dijo: doctor, estoy muerto y siento que los gusanos me están devorando por dentro. Quiero que me de un certificado de defunción para que mis familiares preparen mi entierro.
El médico se imagina que aquel hombre está loco y le recomienda que acuda a un sicólogo o visite a un siquiatra, puesto que ese caso no era de su competencia. El aludido le dijo al médico que el caso suyo era de medicina y no mental. Por favor ayúdeme, le insistía con vehemencia aquel hombre. Ya me quedan pocos minutos; mi cuerpo está próximo a explotar.
El médico teme que aquel hombre está loco de atar y pueda tornarse peligroso, y decide llamar al manicomio. Le dice a aquel paciente que le espere un momento porque tiene que hacer una llamada urgente. Se comunica con el director del manicomio y le dice que en su consultorio se encuentra un orate y teme que sea peligroso y le pide, con urgencia, que se lleven a aquel loco. Regresó al consultorio y, para entretenerlo, comenzó por hacerle preguntas de rutina. Cuando calculó que los emisarios de la casa de salud estaban próximos a llegar, sacó de su escritorio unos documentos y le dijo que le haría el acta de defunción. En el preciso momento que el médico le entregaba el documento al paciente llegaron los empleados del manicomio y, ante el estupor y terror de ellos y del médico, el paciente explotó, cayó al piso y de su cuerpo salió un olor nauseabundo y millares de gusanos que se esparcieron por todo el consultorio.
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