Luis Carlos Carvajal era un mediano agricultor y tenía una pequeña finca al norte del Departamento del Valle del Cauca, donde, alternadamente, cultivaba frijoles, maíz, tomate y frutos de pancoger. En un pequeño potrero tenía cuatro vacas lecheras, cuatro terneros y dos toros sementales. En un amplio chiquero criaba cerdos y tenía numerosísimas aves de corral, para el consumo de su familia y venta al detal.
El menor se bajó apresuradamente del techo de la casa antes que las llamas le atraparan. Abrazó los ensangrentados cuerpos de sus padres y hermanas y lloró desconsoladamente, pero tuvo que salir rápidamente, pues la casa estaba siendo consumida por las llamas. Se enrumbó a un pequeño pueblo donde residía un hermano de su padre con su familia, Les narró lo ocurrido, pero su tío le dijo que no se podía informar a las autoridades del lugar, puesto que muchos de sus miembros estaban aliados con esa banda de asesinos y sus vidas correrían serio peligro. Además algunos notarios de los pueblos vecinos tenían complicidad con aquellos delincuentes para apropiarse, ilícitamente, de los terrenos de los campesinos de la región.
El tío y su familia lo acogieron cariñosamente en su hogar. Estudió en el colegio del pueblo y se graduó como el mejor bachiller, siendo felicitado por el director del colegio, los profesores y demás alumnos.
Al cumplir la mayoría de edad decidió prestar el servicio militar, pese al disgusto de su tío y familiares, pues querían que ingresara a la universidad en la capital del departamento.
Cuando estaba en el ejército prestando el servicio militar, demostró mucha pericia en el manejo de las armas y en estrategia militar. Fue recomendado para hacer el curso de lanceros. Cuando aprobó dicho curso, con óptimas calificaciones, fue felicitado por el comandante del batallón y le dijo que hiciera el curso de suboficial, pero Carlos se negó, aduciendo que quería hacer una carrera universitaria.
Cuando terminó de pagar el servicio militar se despidió de su Comandante, quien le había cogido mucho aprecio, y este le dijo que pasara a su despacho porque quería tener una pequeña charla con él.
Cuando Carlos estuvo en el despacho del comandante, este le dijo lo siguiente: usted se parece mucho a un hijo que tuve, quien hace pocos años murió de un cáncer de colon. Para realizar tus estudios necesitas trabajar, En la ciudad de Cali tengo un hermano que es gerente de una prestigiosa empresa. Lo voy a llamar telefónicamente para que te de un buen trabajo, también te daré una carta de presentación para que se la entregues.
Carlos se despidió de su comandante con un fuerte apretón de mano, agradeciéndole por todo lo que había hecho por él.
Viajó al pueblo donde residían sus parientes y, después de una corta estadía, les dijo que se dirigía a la ciudad de Cali, donde estaba recomendado para un trabajo y que procuraría ingresar a alguna universidad de esa ciudad para estudiar alguna carrera.
Cuando llegó a la ciudad de Cali se presentó ante el gerente de la empresa, a la que había sido recomendado, quien al mirarlo, le dijo que tenía mucho parecido a su sobrino ya difunto. Llenó los requisitos que exigía la empresa y, a los pocos días, empezó a laborar.
Ingresó a una universidad, en horas nocturnas, para estudiar enfermería superior. Ahorró dinero y se compró a crédito un automóvil con el que se desplazaba a su lugar de trabajo. Los fines de semana se desplazaba a los pueblos cercanos a la finca de sus padres, la cual tenía nuevos propietarios quienes, fraudulentamente, la habían adquirido.
Se destacó como un buen empleado y buen estudiante; colaboraba con los cirujanos de turnos en delicadas cirugías.
Continuamente viajaba a un lugar de la montaña y se adentraba en el bosque donde su padre había construido una cabaña para pasar las noches cuando iban de cacería. (el padre de Carlos era muy aficionado a este deporte y le enseñaba a su hijo, quien también se aficionó). Le hizo algunas reparaciones que necesitaba, pues el paso del tiempo le había causado algunos deterioros.
Un fin de semana, cuando se hallaba en un pueblo de la región, observó a un individuo montado a caballo, quien se apeó a la entrada de una cantina; amarró el caballo a la entrada y entro al lugar a tomarse unas cervezas. Carlos reconoció a aquel hombre como un miembro de los asesinos de sus familiares. Esperó, pacientemente, a que saliera de ése lugar. El asesino se montó en su caballo y se enrumbó por la vía que conduce hacia la montaña.
Carlos encendió su vehículo y siguió por el mismo camino. Alcanzó al jinete y lo adelantó. Atravesó el carro, abrió el capot y fingió un daño. Cuando el jinete le alcanzó, Carlos le ofreció una buena propina para que le colaborara en la reparación del vehículo. Aquel asesino, para sus adentros, pensó en matar a aquel joven y robarle sus pertenencias.
Cuando trató de bajarse del caballo aquel delincuente, Carlos, rápidamente, sacó una jeringa con fuerte narcótico y se lo inyectó en una pierna, el que obró en pocos segundos.
En el maletero de su carro metió el cuerpo de aquel hombre y se adentró en el bosque hacia un lugar que conocía muy bien. Lo desnudó; le colgó de las manos a una fuerte rama de un árbol; le dobló la pierna derecha a la altura de la rodilla izquierda y le puso un madero para sostenerla en esa posición; le ató una delgada cuerda de nailon al dedo pulgar del pié derecho y con el otro extremo de la cuerda y, con un nudo corredizo le sujetó los testículos y el pene. Se sentó en el tronco de un árbol y esperó que aquel malvado sujeto se despertara.
Cuando aquel desalmado hombre se despertó y vio en las condiciones en que se encontraba, sintió un terrible pavor y, al mirar al hombre que tenía en frente, empezó a suplicar por su vida. Carlos le dijo quien era él y que no esperara piedad y procedió a retirar el madero que le sostenía la pierna derecha y le dijo: si me dices el nombre de tus cómplices y el lugar donde los puedo encontrar, terminaré con tu vida de un balazo en la cabeza, y si no me dices nada, esperaré que mueras en medio de atroces dolores. Carlos le taponó la boca con un trapo para evitar que gritara cuando comenzaran sus dolores, y le dijo que si decidía hablar que le hiciera señas con la cabeza.
Pasado un buen rato y la posición incómoda de la pierna derecha, empezaron a producirle calambres, y por más esfuerzos que hacía empezó a estirarla y el nudo corredizo que ataba sus genitales empezaba a cerrarse, causándole un dolor intenso y la sangre le brotaba debido a las heridas que le causaba el cordel. Las lágrimas le brotaban a raudales y el cordel, segundo a segundo le iba cercenando los genitales. No pudiendo soportar más aquel agudo dolor le hizo señas, con la cabeza a Carlos, que estaba dispuesto a hablar. Cuando Carlos obtuvo los nombres y dirección de los compinches de aquel depravado asesino, le dijo: lo prometido es deuda, y sacó una pistola de 9mm. y le descerrajó un tiro en la sien derecha.
Buscó al resto de esa cuadrilla y uno por uno los fue secuestrando y los llevó a la cabaña de la montaña. Les aplicó un fuerte narcótico y los condujo al sitio donde estaba colgado el primero de ellos. Con excepción del jefe, colgó a los otros tres malhechores y les ató, con un nudo corredizo a sus genitales y el otro extremo se los ató al dedo pulgar del pié derecho, les levantó las piernas a la altura de las rodillas del pié izquierdo, Les puso un madero para que mantuvieran levantadas las piernas. Al jefe de la banda lo amarró fuertemente a un árbol en una posición de frente a sus secuaces, para que observara en la forma que iban a morir.
Pasado el efecto del narcótico, uno a uno fueron recobrando el conocimiento y, al verse en esa dolorosa posición, empezaron a lanzar ensordecedores gritos. Carlos se les arrimó y les dijo quién era, y que no esperaran de él piedad alguna, ya que ellos no la habían tenido con los miembros de su familia y con otros habitantes de la región. Procedió, luego a retirar los maderos que les sostenían las piernas derechas y esperó pacientemente, sentado al pié de un árbol. El cansancio y el peso de las piernas los obligó a estirarlas y a cercenarse sus genitales en medio de atroces dolores, murieron desangrados. El jefe de aquellos malvados hombres pedía a gritos que le perdonara la vida y que le daría una inmensa fortuna que había acumulado en sus años de fechorías. Carlos le dijo: ni toda la plata del mundo me devuelve a mis padres y hermanas. Para ti te tengo algo especial. Presintiendo una atroz tortura, aquel hombre sin alma, le pidió a Carlos que lo matara. ¿Matarlo? – le dijo Carlos- eso no tendría nada de clásico.
A cada uno de los compinches de esa tenebrosa banda de delincuentes le colgó al cuello un letrero con su nombre y el sinnúmero de los crímenes cometidos en la región.
Una madrugada en la ciudad de Cali, cuando los feligreses de una iglesia se aprestaban a ingresar al templo vieron, con horror, que recostado contra una pared de aquel templo se encontraba un monstruoso ser: le faltaban las piernas a la altura de las rodillas; los brazos eran dos muñones a la altura de los hombros; no tenía orejas, lengua ni nariz; sus ojos, carentes de párpados, reflejaban un terror inmenso y sus labios…Sus labios, los cuales les llegaban de oreja a oreja, parecían que habían sido operados por un experto cirujano plástico. La gente evitaba mirar aquel engendro porque tenía una eterna “SONRISA SARDONICA”.