jueves, 30 de mayo de 2013

El soldado


La frontera que existe entre la
cordura y la locura es una estrecha
línea que fácilmente se puede cruzar.
Basta tener un trauma sicológico o físico
para pasar aquella delgada línea
                                                                                       DEMH

Soy médico siquiatra y director jefe de este centro de rehabilitación para enfermos mentales.
A veces dudo de mi cordura, y creo que he perdido la razón, debido a los últimos acontecimientos sucedidos en este centro.
Usted, amigo lector, debe juzgar si estoy loco o cuerdo, cuando lea sobre lo ocurrido en este sanatorio y que, a continuación, relato:
Cierta tarde desde un carro militar descendieron cuatro fornidos militares y haciendo grandes esfuerzos, bajaron a un soldado que presentaba un deprimente aspecto: sus ojos inyectados en sangre, y hundidos en sus cuencas; su cuerpo de una extrema delgadez y palidez, parecía que no había ingerido alimentos en muchos días; el uniforme que vestía estaba impregnado de heces y despedía nauseabundos olores. A los cuatro soldados que lo sostenían les costaba mucho esfuerzo controlarlo. Su fuerza era descomunal; los gritos estentóreos que profería, se escuchaban a mucha distancia; vienen por mí…, vienen por mí: AYUDENME POR FAVOOOR… POR FAVOOOR.
De inmediato ordené que se le aplicara un fuerte calmante. Cuando el soldado se quedó dormido por los efectos del calmante, les ordené a los enfermeros que lo asearan y le pusieran ropa limpia y se le recluyera en un cuarto con vigilancia permanente; se le sujetara con correas a la cama y se le aplicara suero con vitaminas.
Pasadas algunas horas el soldado reaccionó –algo mareado-. Reclamó mi presencia y me pidió que lo escuchara, porque tenía el presentimiento que algo malo le iba a suceder. Procedió, luego, a contarme lo siguiente:
Me llamo Juan Erazo Narváez; nací en una vereda situada en las montañas del departamento del Nariño, a l.800 metros de altura; de clima templado. Soy campesino y agricultor (igual que mis padres, hermanos y familiares. Tenemos una finca donde cultivamos papa, leguminosas, propias de ese clima, y tenemos algunas cabezas de ganado vacuno y ovino y animales de corral. Toda la familia colabora con el sostenimiento de la finca).
Cuando finalizaba mi bachillerato rural, llegó a nuestro hogar un hermano de mi padre –tío nuestro y, a quien no conocía-. Estaba ataviado con un elegante uniforme militar y, prendido en la pechera del uniforme, llevaba varias medallas (condecoraciones) que había obtenido según él, por actos de heroísmo en zonas de orden público, y que tenía veinticinco años de servicio en el ejército y que estaba próximo a pensionarse.
Admiré a mi tío y me quedé fascinado por los relatos que nos contó sobre su vida militar y, desde ése momento, decidí que al terminar mi bachillerato rural y, cumpliendo mi mayoría de edad, ingresaría al ejército de mi país.
Pasado poco tiempo y siendo mayor de edad y, con el consentimiento de mis padres, viajé a la capital de mi departamento y me presenté a las oficinas de reclutamiento.
Después de haber llenado los trámites de rigor, se me informó que en quince días se me efectuarían los exámenes médicos
Pasado quince días me presenté para los exámenes de aptitud médica y salí apto para prestar el servicio militar.
Al poco tiempo fui incorporado como conscripto en las filas del ejército de Colombia y me sentía muy feliz y orgulloso.
Pasado tres meses de duro entrenamiento, nuestro contingente juró bandera en una ceremonia a la que fueron invitados miembros de nuestras familias, los que fueron encargados de hacernos entrega de nuestras armas de dotación (fusiles), y pasamos a ser soldados de nuestro país, y me sentía muy orgulloso.
Días después nuestro contingente fue ubicado en diferentes cuarteles de la nación.
Yo fui trasladado a un cuartel del departamento de la Guajira, en frontera con la hermana república de Venezuela.
Seis meses después me ubicaron en un cuartel en el departamento del Tolima, en inmediaciones con el departamento del Huila.
Dos semanas después nuestro pelotón fue comisionado para una labor de inteligencia en las montañas y zonas rurales. (Se tenía conocimiento que en esos parajes habían focos de insurgencia). Nuestra misión era ubicarlos.
Quien comandaba esta operación militar era un capitán de muy mal carácter: era un hombre rechoncho; de rostro amplio y de nariz voluminosa y llena de granos supurosos (barros), parecía un apéndice pegado a su rostro; medía l,80 de estatura y el color de su piel era de un blanco rosado y, a pesar de su gordura, poseía un buen estado físico. A sota voce le decían el capitán tomate, porque cuando se enojaba, lo cual era muy común, su rostro adquiría el color de un tomate maduro. El segundo al mando era un sargento vice-primero, cuya trigueña tez, nariz convexa, pelo hirsuto y negro, ojos rasgados, pómulos salientes y de l.7l metros de estatura, demostraba, además, su ascendencia indígena; poseía una envidiable musculatura (fruto de sus arduos entrenamientos militares); su rostro reflejaba una fiera crueldad y, en su torcida personalidad, despreciaba a sus semejantes, pero era muy sumiso ante sus superiores.
Una mañana divisamos un caserío y el capitán nos dijo que estuviéramos alerta, porque en esas viviendas se esconden subversivos y son los que colocan minas quiebrapatas, que matan o mutilan a nuestros heroicos soldados de nuestra querida patria. Tenemos que eliminarlos, antes que ellos lo hagan con nosotros. Alisten sus armas y disparen a matar. (Cuando el sargento notó nuestra indecisión, sacó de su morral una bolsa con un polvo blanco y, para que tuviéramos valor, nos obligó a inhalar un poco de ese polvo. El capitán y el sargento fueron los primeros en aspirar dicha droga).
Al llegar a esas viviendas nos ordenaron que sacáramos a los moradores de aquellas viviendas y los hiciéramos tender en el piso, boca abajo. Aquellos humildes campesinos –hombres, mujeres y niños) suplicaban que les perdonáramos sus vidas, pero aquel capitán y el sargento nos ordenaron que les disparáramos porque tenían conocimiento que ellos eran asesinos de nuestros compañeros soldados.
Bajo los efectos de la droga que nos hicieron aspirar, se nos obnubiló la conciencia y les disparamos, a quemarropa, a aquellos inocentes seres.
Pasado el efecto de la droga, sentí un profundo remordimiento al mirar aquellos cadáveres, pero acallaba mi conciencia diciéndome que estaba cumpliendo una orden de mis superiores.
Después vi algo abominable que me causó vómitos. El sargento retiró el cadáver de una joven mujer; lo desnudó y se desnudó él y empezó a copular con esa difunta, bajo la grotesca risa del capitán; luego nos ordenaron que los desvistiéramos y les pusiéramos prendas militares y algunas armas. Nos hizo aspirar otra dosis de cocaína y nos ordenaron dirigirnos al campamento que días antes habíamos levantado. (Esa noche no pude conciliar el sueño).
Una Mañana llegó a nuestro campamento un vehículo militar que nos trajo municiones y pertrechos. El vehículo lo ocupaba un coronel con su respectiva escolta, quien nos felicitó por la labor cumplida. Luego el coronel, el capitán y el sargento se retiraron de nosotros y empezaron a hablar en voz baja entre ellos.
Nos llamaron a formación y el coronel nos felicitó y nos obsequió con cincuenta mil pesos a cada uno de nosotros y varias botellas de aguardiente para que festejáramos por el éxito de aquella misión. (Esta plata, nos dijo, es una propina de los ganaderos de la región que están siendo azotados por estos delincuentes.
Holgazaneamos por varios días.
Cierta tarde nuestro capitán, por el sistema de transmisión, recibió una llamada del coronel. Después de dialogar con el sargento nos llamaron a formación  y nos dijeron que preparáramos nuestros equipos, porque en la madrugada del próximo día saldríamos a una misión a varios kilómetros, en un pequeño valle.
Durante varios días estuvimos caminando y atravesamos la cordillera.
De pronto divisamos un valle, cuyas tierras parecían ser muy  fértiles, pues los cultivos eran abundantes y de buen aspecto. Las fincas tenían buenos pastos y el ganado vacuno, equino y porcino tenía un buen aspecto, lo mismo que las aves de corral.
Como era de día y estábamos en la cima de la montaña, el capitán nos hizo tender en el suelo y permanecer en esa posición hasta nueva orden. Es posible, nos dijo, que aquellos subversivos tengan binoculares y detecten nuestra presencia. Tenemos que caerles por sorpresa en la madrugada.
Cuando el día aun no había aclarado el capitán nos dijo que guardáramos silencio y bajáramos al valle sigilosamente, para caerles de sorpresa.
Al llegar a la planicie sus moradores se hallaban durmiendo, pero los ladridos de los perros los despertaron. Cuando encendieron luces en sus viviendas y abrir las puertas para enterarse de lo que estaba ocurriendo, se encontraron rodeados de soldados, a quienes confundieron con paramilitares. Algunos emprendieron veloz carrera hacia la montaña. Unos pocos escaparon con vida, pero otros fueron abatidos por las balas de los soldados.
Cuando el día aclaró totalmente  nuestros superiores nos ordenaron que lleváramos a esas personas a la plaza de la aldea.
Aquellos campesinos: ancianos, jóvenes, mujeres y niños, con el llanto en los ojos nos suplicaban que no les hiciéramos daño.
Ante el llanto y ruegos de aquellas indefensas personas, aquel malvado sargento se transfiguró: sus saltones ojos se inyectaron de sangre y parecían que iban a saltar de sus órbitas; su cara tomó el aspecto de una fiera que se alista para atacar. Apuntó con su metralleta y comenzó a disparar contra aquella gente, y con fuerte voz, nos ordenaba que hiciéramos lo mismo, pero mi conciencia me ordenaba que no lo hiciera, pero, ante su amenazante voz, me vi obligado a hacerlo.
Entre los cadáveres estaba el de una niña, de aproximados once años, Aquel pervertido sargento se quitó su uniforme y desvistió el cadáver de la difunta niña y, delante de nosotros, violó aquel inocente cuerpo (necrofilia). El capitán, mirando aquel abominable acto, lanzaba estruendosa carcajadas, como si fuera el chiste más gracioso del mundo  (supe después que estos aberrantes actos eran su costumbre y, aquel depravado capitán, gozaba con ello, y esto le producía orgasmos, mojando el pantalón de su uniforme).
Una mañana se presentó, nuevamente en nuestro campamento, con una fuerte escolta militar, aquel coronel que ya conocíamos. Nos llamó a formación y nos felicitó por el buen desempeño de nuestro deber y nos informó que nos había conseguido una licencia por quince días, para que visitáramos a nuestras familias, pero que no le comentáramos a nadie sobre lo que ocurría en las montañas, porque pondríamos en peligro nuestra misión. Nos obsequió a cada uno de nosotros la suma de $250.000. Nos dijo que al siguiente día llegaría un camión militar que nos trasladaría al cuartel para que hiciéramos entrega de nuestros equipos y recibiéramos los viáticos de ida y regreso a nuestra región.
Viajé a la finca de mis padres, a la que mucho extrañaba, y fui recibido con abrazos y besos de mis progenitores y de mis hermanos y hermanas.
De regreso al cuartel, por término de la licencia, se nos informó que teníamos que regresar al campamento en el término de dos días.
Continuamente recibíamos para incursionar en las aldeas vecinas, y bajo los efectos de las drogas (marihuana y cocaína) que nos proporcionaba el sargento, nos habituamos a matar a sangre fría.
Al cometer aquellos crímenes, y como era su costumbre, el capitán nos ordenaba que vistiéramos los cadáveres con prendas militares y les colocáramos pistolas, revólveres y fusiles y, también minas quiebrapatas. Luego procedía a tomarles fotografías de diferentes ángulos y, con un extenso informe las enviaba al cuartel.
Nos habíamos convertidos en máquinas de matar; cumplíamos ciegamente las ordenes de nuestros superiores, sin rechistar. Estábamos por las drogas que nos hacían consumir.
Cierta mañana el capitán nos ordenó salir a cumplir una misión para buscar a un foco de insurgentes que se hallaban por esos parajes. Cuando llevábamos varios días de deambular por esos parajes, noté que aquella topografía me era familiar y se lo hice saber a mi capitán y a mi sargento, quienes me dijeron que estaba equivocado, puesto que nunca habíamos estado por ese lado de la cordillera. Como seguía insistiendo, recibí una fuerte reprimenda y me dijeron que me estaba volviendo un cobarde.
En los lugares que teníamos que pernoctar instalábamos un campamento provisional.
Una noche, acudiendo a un llamado fisiológico, me alejé varios metros del campamento. De pronto escuché que dos personas hablaban en voz baja. Con suma precaución me acerqué al lugar donde se escuchaban aquellas voces, y reconocí que eran las del capitán y el sargento. Escuché que decían: tenemos que eliminar a toda la gente de estas regiones, y hay bastantes millones para nosotros.
Comprendí que las masacres que nos hacían cometer tenían motivos de lucro (esto no se los conté a mis compañeros soldados por temor que alguno de ellos me delatara).
Cuando llegó la madrugada de aquel día nos ordenaron que alistáramos las armas porque teníamos que atacar a unos subversivos que estaban atrincherados en un pueblo poco distante, y darlos de baja a todos ellos.
Como tenía un raro presentimiento y sabía que antes habíamos estado en aquel lugar y, a medida que íbamos avanzando, me fui rezagando.
En medio del claroscuro del amanecer, vimos a unos seres que se nos acercaban. Se me erizó la piel al reconocer a aquellas personas que habíamos asesinados días atrás.
Presos de un intenso terror empezamos a disparar contra aquellos seres, quienes no caían a pesar de los múltiples impactos de balas que recibían. Velozmente se acercaron hacia nosotros. Estábamos paralizados por el terror. Como estaba a la zaga, reaccioné rápidamente y emprendí veloz carrera pero, al oír los gritos de terror y el clamor de perdón de mis compañeros, volteé a mirar hacia aquel lugar y vi que la tierra se abría y de aquella abertura salían lenguas de fuego. Aquellos seres lanzaron a todos mis compañeros hacia aquel infierno.
Continué con mí huida, pero escuché sus atronadoras voces que me decían: IREMOS POR TI…
No recuerdo como llegué a mi cuartel –me creían un desertor-. Trataron de comunicarse con el campamento, pero todo intento fue infructuoso. Mandaron una comisión al campamento, pero no encontraron a nadie. En el campamento no había vestigio de vida.
Cuando relaté lo sucedido me creyeron un loco y me encerraron en un calabozo.
Algunos oficiales sugirieron que, quizá, me había convertido en un traidor y que había hecho asesinar a mis compañeros; que había inventado ese fantástico relato (increíble) para evadir responsabilidades y evitar un concejo de guerra.
Estando en el calabozo y en horas de la medianoche, empecé a escuchar unas voces que me decían: hemos venido por ti…hemos venido por ti… A los  fuertes gritos que empecé a lanzar, acudieron al calabozo varios oficiales y soldados de guardias, para saber que estaba sucediendo. Cuando abrieron la puerta del calabozo vi, detrás de los soldados, aquellos seres que me señalaban y me decían: hemos venido por ti… Parecía que yo era el único que los podía ver y oír. Sentía que me agarraban y jalaban de mí. Forcejeaba con los soldados que me sujetaban. Cuando me calmé un poco, pedí que me llevaran a una iglesia porque quería confesarme.
Extrañamente accedieron a mi petición y me llevaron a la iglesia más cercana. Cuando entré al confesionario y del lugar donde se sienta el cura, oí unas fuertes voces que me decían: HEMOS VENIDO POR TI… Perdí la razón y el control de mis esfínteres y las heces salieron de mis entrañas… Grité con todas las fuerzas de mis pulmones, y emprendí veloz carrera, pero fui alcanzado y dominado por varios soldados, con quienes luché fieramente. Veía a muchos a los que le habíamos quitado la vida, los que me sujetaban por los brazos y me decían: AL FIN TE TENEMOS… Lo demás ya lo sabe, doctor.
Esa noche aquel paciente alertó a todo el hospital por los fuertes gritos que profería. Sus ojos estaban inyectados en sangre y brotados de sus órbitas, miraba a todos los rincones del hospital. Con sus gritos decía: ALLI ESTAN…ALLI ESTAN. No dejen que me lleven… MIRENLOS, ALLI ESTAN. Como era difícil controlarlo, ordené que le fuera colocada una camisa de  fuerza y se le encerrara en cuarto acolchado para que no se hiciera daño y, también, que se le aplicara un calmante.
Al llegar la medianoche se escucharon unos fuertes gritos del soldado y unas guturales e incompresibles voces. Se sintió un ligero temblor, por algunos segundos, y por la mirilla del cuarto donde estaba recluido aquel soldado, se vio un fuerte resplandor; la tierra se había abierto dentro del cuarto y el soldado había desaparecido. Se sintió un fuerte olor a azufre.
También se supo que varias casas habían colapsado, con sus habitantes adentro, entre ellas estaban la de un coronel y dos senadores.

Cuando los organismos de socorro se presentaron para rescatar a los sobrevivientes, sintieron un fuerte olor a azufre y no encontraron a los dos senadores ni al coronel. Parecía que se los había tragado la tierra.

El planeta moribundo y el planeta muerto

El presidente único de las naciones llamó a una reunión de emergencia a todos los mandatarios de los demás países para poner en conocimiento sobre una letal amenaza que se cierne sobre todo el planeta
Los científicos de las diferentes naciones explicaron que el sol que les alumbraba estaba teniendo una inusual actividad, por lo cual se estaba elevando el nivel de los rayos ultravioleta y los rayos infrarrojos, afectando la vida animal y vegetal de todo el planeta. (El combustible de todos los soles es el gas helio, resultado de las fusiones nucleares que se suceden en su núcleo, convirtiendo el hidrogeno en este gas, el cual sale a su superficie, quemándose, pero una parte de este gas se queda encerrado en su núcleo, aumentando gradualmente). Pasado muchos millones de años el sol no puede retener por más tiempo esa cantidad de gas y se va hinchando paulatinamente y, pasado un tiempo, explota. Después de esta explosión y, por acción de su gran gravedad empieza una implosión, quedando nuestro sol reducido a un diminuto tamaño y, totalmente apagado, cesando la vida en los planetas que puedan albergarla. Este es el destino de nuestro sol, que se está acercando a su final.
Tenemos noticias que en varias regiones del orbe se están presentando severas sequías. Los animales, las plantas y los habitantes  se están muriendo y  las ayudas que se envían no son suficientes y hay un éxodo masivo de los habitantes hacia otras regiones menos azotadas, creando un caos con catastróficas consecuencias en nuestro planeta Varum.
El eminente cosmólogo, señor Fergal, dijo: nuestro sol se está convirtiendo en una supernova y está creciendo en tamaño aceleradamente. Enviaremos, alrededor de nuestro planeta, satélites con dispositivos para contrarrestar y mantener estables los rayos ultravioletas por un determinado tiempo –tiempo que será breve- porque el crecimiento de nuestro sol avanza velozmente. Enviaremos sondas por toda la galaxia para buscar un planeta con las mismas condiciones que el nuestro para evacuar a la mayoría de los seres de nuestra especie y especies de animales y vegetales de nuestro planeta
 Estamos fabricando una colosal nave interestelar con lo último en tecnología, en la cual, después que algunas de las sondas encuentre algún planeta habitable donde podamos establecernos...
Esta nave podrá viajar a la mitad de la velocidad de la luz y tendrá dispositivos electrónicos que emitirán rayos que viajen a la velocidad de la luz para alejar cualquier partícula que pueda encontrarse en su curso.  Cualquier cuerpo, por diminuto que sea, puede causar a la nave un daño de grandes proporciones. 
 El sol seguía aumentando en tamaño y la radiación de los rayos  ultravioleta e infrarrojos era, cada día,  más fuertes, causando la muerte a muchos de sus habitantes, animales y plantas. El agua de los mares, ríos y lagunas se evaporaban rápidamente. Cesaron las lluvias y las tormentas de nieve, y vientos huracanados barrían con todo lo construido por los habitantes del planeta. El caos era total.
Por fin una de las sondas localizó en un brazo de la galaxia un sistema solar. El tercer planeta de ese sol tenía todas las condiciones para ser poblado por los sobrevivientes de su planeta moribundo y se encuentra a cinco mil años luz y, en otro punto más distante, en otro sistema solar, distante a ocho mil años luz, las sondas habían  encontrado otro planeta con iguales características que el primero, pero, de común acuerdo, decidieron dirigirse al más cercano. 
Las imágenes enviadas por la sonda mostraban que el  planeta más cercano tenía muchos mares, ríos y lagunas  Gigantescas bestias poblaban la tierra, el aire y los mares. También poseían abundantes selvas tropicales y frondosos bosques.  
Embarcaron en esa gigantesca nave-arca a todos los sobrevivientes del planeta, animales y semillas de los vegetales existentes. 
Cuando la nave despegó del planeta y libre de su gravedad, las computadoras, que estaban previamente programadas, pusieron a los tripulantes, pasajeros y toda forma de vida que llevaban en suspensión animada (criogénesis). También tenía programado un sistema que despertaba a la tripulación cada año luz, con el fin de corregir cualquier anomalía que pudiera presentarse y estudiar las imágenes que constantemente mandaba la sonda sobre el planeta de destino.
Cuando los tripulantes de la nave despertaron de su primer ciclo de sueño inducido, observaron  las imágenes del planeta de su destino, y vieron que bullía de exhuberante vida animal y vegetal. Nuevamente ingresaron a sus capullos y entraron a otro lapso de sueño.
Cuando la nave había viajado tres mil años luz y estando dormida la tripulación, un enorme meteorito ferroso  pasó delante de ella y el campo magnético de aquel cuerpo celeste la sacó de su rumbo preestablecido.
Los sensores de la nave corrigieron el rumbo, pero perdieron varios años luz de su trayectoria.
Al despertar, por tercera vez, la tripulación se dio cuenta que se habían desviado de su ruta y se aprestaron a corregir el rumbo de la nave, pero habían perdido varios años luz. Procedieron, luego a examinar las imágenes. Al mirar dichas imágenes, vieron que un enorme meteorito había caído en el planeta, levantando una nube de cenizas que cubrió todo el orbe durante mucho tiempo. Cuando la nube se disipó habían desaparecido los colosales animales herbívoros que consumían el follaje de muchas plantas. Al desaparecer los animales herbívoros también desaparecieron los carnívoros, que se nutrían de aquellos. Aparecieron infinidades de animales placentarios, aves plumíferas y abundantes peces en los ríos y los mares. Notaron que algunos peludos animales empezaron a erguirse y a perder la pilosidad y vivían de la recolección de frutos y raíces comestibles.
Pasado algún tiempo, perdieron la mayoría de su pelo y su apariencia simiesca. Aprendieron a comer carne de animales (carroña), sobras de los animales carnívoros. Eran fáciles presas de los depredadores. (Cuando aprendieron a comer carne animal su cerebro creció y se agudizó su inteligencia, debido a las buenas proteínas que proporcionaban las carnes, pero complementaban su dieta con frutos y vegetales). Empezaron a fabricar herramientas de piedra para defenderse de los depredadores. Comenzaron a   convivir en grupos y, al observar como germinaban las semillas de los frutos que consumían, inventaron la agricultura.      
Al observar, nuevamente, las imágenes del planeta de su destino, descubrieron que en diferentes partes del globo se habían erigido grandes y bulliciosas ciudades. Toda la humanidad se mantenía en constantes guerras. Los humanos, como se llamaban, se proliferaban sin ningún control causando el desbordamiento poblacional, dejando como secuelas miseria, hambre,  crímenes y contaminación del aire, de las aguas de los ríos, lagos, lagunas y los océanos. Los países más avanzados tecnológicamente conquistaban a otras civilizaciones  y las sometían a la execrable esclavitud. Inventaron dioses y erigieron templos y crearon complejos rituales para adorarlos. A los pueblos conquistados los obligaban a creer en sus dioses y les imponían su idioma y costumbres.   
Cuando un pueblo se negaba a seguir siendo sometido, era invadido y, cruentamente, con el poder de las armas y con gobernantes –dictadores militares títeres- los reducían a la impotencia, con excepción de algunos países, pero sufrieron un implacable bloqueo económico.  (Estos países dominantes explotaban los minerales y los productos agrícolas que a ellos les importaban, sumiendo en la pobreza de los países explotados, redundado en la riqueza de los explotadores). Se crearon grupos subversivos en aquellos países, pero fueron reprimidos violentamente usando armas tecnológicamente superiores y  asesores militares que les proporcionaban los países dominantes.
Cada día creaban armas con superior poderes  de destrucción, pretextando que era para la defensa de sus habitantes. Otros países, que se sentían amenazados,  crearon las mismas armas, con igual poder destructivo Como era de prever se declaró una guerra mundial que destruyó toda la vida animal y vegetal de ese hermoso planeta azul, quedando en su suelo y atmósfera una letal radiación.
Paarmol, uno de los tripulantes de la nave, le preguntó al comandante ¿Por qué, en tan corto tiempo, pasaron tantos acontecimientos?. Y Vordull le respondió: como viajamos a la mitad de la velocidad de la luz, que es una constante para todas las galaxias existentes en el universo, los acontecimientos que se suceden fuera de la nave, pasan velozmente. (Ley de la relatividad de Albert Einstein)
Vordull, el comandante de la nave, les dijo a su tripulación: ya estamos próximos a llegar, pero como el planeta es inhabitable, tenemos que descontaminarlo de su letal radiación y buscar algún organismo animal y vegetal que se pueda obtener su ADN para clonarlos y, así, salvar algunas especies.
Después de su arribo, descontaminaron al planeta y despertaron a los pasajeros de la nave y los distribuyeron por los diferentes continentes del planeta, pero antes les dijo a todos las siguientes palabras: los humanos, ex habitantes de este hermoso planeta, en su codicia y dedicación a los placeres sensuales, lo destruyeron. Evolucionaron física y tecnológicamente, pero involucionaron espiritualmente. 

El canto de la sirena

Una fuerte explosión, seguida de un  voraz incendio, se presentó en el tercero y cuarto piso de un edificio municipal de la ciudad.  Presumiblemente se trataba de un atentado de alguna de las mafias del narcotráfico, puesto que en ese edificio funcionan varios juzgados, donde se ventilan algunas investigaciones sobre estos delitos.
El funcionario de un juzgado, Braulio Gómez Abadía, en medio del  sofocante calor y la densa humareda, sacó un pañuelo de su bolsillo y lo humedeció con el agua del tanque de un sanitario de su oficina y corrió, semi  aturdido, en busca de los ascensores, pero estos no funcionaban. En medio del denso humo buscó las escalas y llegó al tercer piso. De pronto escuchó unos angustiosos gritos, en demanda de auxilio, desde el interior de unas oficinas. Trató de abrir la puerta, pero esta se encontraba trabada. Retrocedió un poco y, tomando impulso, con el hombro derecho, arremetió contra la puerta y la derribó. Dentro de las oficinas se encontraban dos mujeres que estaban inconscientes,   por los efectos del humo. El hombre, quien había pedido auxilio, estaba a punto de desmayarse. Como pudo arrastró a las dos mujeres hacia un pasillo más seguro y regresó por el hombre que ya se hallaba inconsciente. Cuando se agachó para auxiliarlo y ponerlo a salvo, un pedazo de cemento se desprendió del techo y le cayó en la cabeza dejándole sin conocimiento.
Pasado poco rato aparecieron varios bomberos y miembros de la Defensa Civil, quienes les rescataron y los remitieron a un hospital
Braulio decidió tomarse unas vacaciones y, como era amante del silencio y la soledad viajó a un puerto de mar y contrató a un lanchero para que lo llevara a un pueblo que quedara retirado del bullicio porque quería descansar.
El lanchero le dijo que conocía un caserío con una hermosa playa y, quienes en ella habitan son  muy hospitalarios. Braulio le pidió que le llevara hacia aquel lugar.
De común acuerdo sobre el costo del viaje, emprendieron la marcha hacia aquel lugar. Cuando llegaron al caserío –que era de pescadores- , le agradó mucho aquel sitio. Dialogó con los pescadores y les pidió el favor que le alquilaran una casa, le asistieran con los alimentos y el lavado de ropa, pues quería quedarse algunos días para descansar, puesto que aquel lugar le había agradado mucho.
Después de haberse instalado y descansado un rato, decidió caminar por la playa; se dio un chapuzón en sus tibias aguas y regresó a la hora de la comida. Al llegar la noche, la que estaba iluminada por la luna llena, sintió un fuerte y raro deseo por caminar en por la playa. Los habitantes del lugar le dijeron que no se dirigiera a determinado lugar de la playa. Braulio les preguntó el por qué y ellos le dijeron que en noches de luna llena, en ese sitio, se escuchaban extrañas voces que salen del mar. Intrigado por esos comentarios y sintiendo una voz interior que lo llamaba, decidió dirigirse hacia aquel lugar.
Cuando llegó al sitio prohibido, se sentó en un viejo tronco de árbol que yacía varado en la playa; lanzó su mirada hacia la infinidad de las aguas. De pronto, a lo lejos, escuchó una dulcísima voz de mujer que cantaba una hermosa canción. Cuando trató de llegar al lugar de donde salía esa bella voz, escuchó un ruido en el mar y le pareció ver que algo velozmente se alejaba.
A la siguiente noche volvió a sentir en su interior un extraño llamado que lo incitaba a dirigirse al mismo lugar de la noche anterior. Al llegar al sitio, decidió sentarse en el mismo tronco y dirigió su mirada hacia la inmensidad del mar. Estando ensimismado en sus pensamientos escuchó un ruido en el mar y muy cerca de él; su mirada se posó en algo que salía de las aguas y pudo ver que se trataba del torso de una bella mujer, cuyos senos estaban cubiertos de algas. Lo saludó con las dos manos y le dijo: Tú eres el hombre de mis sueños; te espero mañana a esta misma hora para que tengamos un diálogo. Le envió un beso con la palma de la mano derecha y le dijo: amor mío, te he aguardado desde hace mucho tiempo. Te espero mañana y se zambulló en las profundas aguas
Cuando llegó la siguiente y última noche de luna, Braulio acudió al lugar de la cita y, de pronto, entonando una bella canción apareció, en medio de las olas del mar, aquella hermosa mujer vestida con un traje de algas y llegó hasta donde se encontraba Braulio, quien no salía de su asombro al ver tanta belleza plasmada en una mujer. Acercó su cuerpo al cuerpo de Braulio y le dio un fuerte abrazo y le colmó de sensuales besos. Braulio se sintió transportado al paraíso.
Pasado el momento de aquel éxtasis. Se sentaron en el tronco de la playa. La mujer le entregó a Braulio una extraña concha de mar y le dijo: abre sus valvas y encontrarás dentro de ella una perla negra que es símbolo de mi amor. Si la pierdes, cuando te vayas, nunca más me encontrarás, pero si la conservas, me hallarás en este mismo lugar.
Braulio, quien se encontraba en estado de coma, se despertó bruscamente. Los médicos del hospital le informaron que había estado en coma durante veinte días. Le hicieron un riguroso examen y conceptuaron que su estado de salud era óptimo, pero que tenía que estar hospitalizado tres días más para observación
Sintió que su puño derecho contenía algo; lo abrió y encontró en él una extraña concha de mar y, al mirar en su interior, encontró una perla negra. Intrigado por esto empezó a recordar lo que consideraba un sueño, producto de su estado de coma, había algo de real, pero no le encontraba una lógica explicación.
Pasado los tres días Braulio fue dado de alta del hospital, Se dirigió a las oficinas donde prestaba sus servicios y solicitó que le concedieran vacaciones porque necesitaba descanso para reponerse del trauma sicológico que le había quedado después de aquellos acontecimientos,  las que les fueron concedidas de inmediato.
Viajó a un  puerto y se encontró con el lanchero que conocía; le saludó y le preguntó que si lo recordaba, pero este dijo que nunca lo había visto en la vida. Le pidió al lanchero que lo transportara a determinada aldea de pescadores. Cuando llegaron al lugar, ante su asombro, Braulio reconoció aquel paraje y a sus moradores, pero estos dijeron no conocerlo. Les solicitó albergue, asistencia de alimentos y lavado de ropa. Aquellos amables pescadores lo alojaron en la casa que Braulio conocía. Al llegar la noche, después de una suculenta cena de pescados y mariscos se sentó a dialogar con los lugareños y les dijo que pensaba caminar un buen rato por la playa. Los amables pescadores le advirtieron a Braulio que no se acercara cierto lugar de la playa porque estaba embrujado.
La luna lucía en todo su esplendor y sus argentados rayos iluminaban el mar y la extensa playa. Braulio encaminó sus pasos hacia el sitio advertido por los pescadores; se sentó en aquel tronco varado en la playa y fijó su mirada hacia el horizonte del mar.
Estando absorto en sus pensamientos empezó a escuchar aquella hermosa y anhelada voz que cantaba una canción alusiva a él: has vuelto a mí, amor de mis amores; tu promesa de volver la cumpliste: ahora seré toda tuya. Aquella hermosa mujer salió del mar, ataviada con un traje de algas,  y se le acercó a Braulio. Le abrazó y le colmó a besos, y le dijo: hace mucho tiempo he soñado contigo. Pacientemente te he esperado y se que tu también me has soñado. Se fundieron sus cuerpos en otro fuerte abrazo. De sus caderas hacia sus miembros inferiores se convirtieron en cola de delfines y se perdieron en la inmensidad del mar.