La frontera que existe entre la
cordura y la locura es una estrecha
línea que fácilmente se puede cruzar.
Basta tener un trauma sicológico o físico
para pasar aquella delgada línea
DEMH
Soy médico siquiatra y director jefe de este centro de rehabilitación para enfermos mentales.
A veces dudo de mi cordura, y creo que he perdido la razón, debido a los últimos acontecimientos sucedidos en este centro.
Usted, amigo lector, debe juzgar si estoy loco o cuerdo, cuando lea sobre lo ocurrido en este sanatorio y que, a continuación, relato:
Cierta tarde desde un carro militar descendieron cuatro fornidos militares y haciendo grandes esfuerzos, bajaron a un soldado que presentaba un deprimente aspecto: sus ojos inyectados en sangre, y hundidos en sus cuencas; su cuerpo de una extrema delgadez y palidez, parecía que no había ingerido alimentos en muchos días; el uniforme que vestía estaba impregnado de heces y despedía nauseabundos olores. A los cuatro soldados que lo sostenían les costaba mucho esfuerzo controlarlo. Su fuerza era descomunal; los gritos estentóreos que profería, se escuchaban a mucha distancia; vienen por mí…, vienen por mí: AYUDENME POR FAVOOOR… POR FAVOOOR.
De inmediato ordené que se le aplicara un fuerte calmante. Cuando el soldado se quedó dormido por los efectos del calmante, les ordené a los enfermeros que lo asearan y le pusieran ropa limpia y se le recluyera en un cuarto con vigilancia permanente; se le sujetara con correas a la cama y se le aplicara suero con vitaminas.
Pasadas algunas horas el soldado reaccionó –algo mareado-. Reclamó mi presencia y me pidió que lo escuchara, porque tenía el presentimiento que algo malo le iba a suceder. Procedió, luego, a contarme lo siguiente:
Me llamo Juan Erazo Narváez; nací en una vereda situada en las montañas del departamento del Nariño, a l.800 metros de altura; de clima templado. Soy campesino y agricultor (igual que mis padres, hermanos y familiares. Tenemos una finca donde cultivamos papa, leguminosas, propias de ese clima, y tenemos algunas cabezas de ganado vacuno y ovino y animales de corral. Toda la familia colabora con el sostenimiento de la finca).
Cuando finalizaba mi bachillerato rural, llegó a nuestro hogar un hermano de mi padre –tío nuestro y, a quien no conocía-. Estaba ataviado con un elegante uniforme militar y, prendido en la pechera del uniforme, llevaba varias medallas (condecoraciones) que había obtenido según él, por actos de heroísmo en zonas de orden público, y que tenía veinticinco años de servicio en el ejército y que estaba próximo a pensionarse.
Admiré a mi tío y me quedé fascinado por los relatos que nos contó sobre su vida militar y, desde ése momento, decidí que al terminar mi bachillerato rural y, cumpliendo mi mayoría de edad, ingresaría al ejército de mi país.
Pasado poco tiempo y siendo mayor de edad y, con el consentimiento de mis padres, viajé a la capital de mi departamento y me presenté a las oficinas de reclutamiento.
Después de haber llenado los trámites de rigor, se me informó que en quince días se me efectuarían los exámenes médicos
Pasado quince días me presenté para los exámenes de aptitud médica y salí apto para prestar el servicio militar.
Al poco tiempo fui incorporado como conscripto en las filas del ejército de Colombia y me sentía muy feliz y orgulloso.
Pasado tres meses de duro entrenamiento, nuestro contingente juró bandera en una ceremonia a la que fueron invitados miembros de nuestras familias, los que fueron encargados de hacernos entrega de nuestras armas de dotación (fusiles), y pasamos a ser soldados de nuestro país, y me sentía muy orgulloso.
Días después nuestro contingente fue ubicado en diferentes cuarteles de la nación.
Yo fui trasladado a un cuartel del departamento de la Guajira, en frontera con la hermana república de Venezuela.
Seis meses después me ubicaron en un cuartel en el departamento del Tolima, en inmediaciones con el departamento del Huila.
Dos semanas después nuestro pelotón fue comisionado para una labor de inteligencia en las montañas y zonas rurales. (Se tenía conocimiento que en esos parajes habían focos de insurgencia). Nuestra misión era ubicarlos.
Quien comandaba esta operación militar era un capitán de muy mal carácter: era un hombre rechoncho; de rostro amplio y de nariz voluminosa y llena de granos supurosos (barros), parecía un apéndice pegado a su rostro; medía l,80 de estatura y el color de su piel era de un blanco rosado y, a pesar de su gordura, poseía un buen estado físico. A sota voce le decían el capitán tomate, porque cuando se enojaba, lo cual era muy común, su rostro adquiría el color de un tomate maduro. El segundo al mando era un sargento vice-primero, cuya trigueña tez, nariz convexa, pelo hirsuto y negro, ojos rasgados, pómulos salientes y de l.7l metros de estatura, demostraba, además, su ascendencia indígena; poseía una envidiable musculatura (fruto de sus arduos entrenamientos militares); su rostro reflejaba una fiera crueldad y, en su torcida personalidad, despreciaba a sus semejantes, pero era muy sumiso ante sus superiores.
Una mañana divisamos un caserío y el capitán nos dijo que estuviéramos alerta, porque en esas viviendas se esconden subversivos y son los que colocan minas quiebrapatas, que matan o mutilan a nuestros heroicos soldados de nuestra querida patria. Tenemos que eliminarlos, antes que ellos lo hagan con nosotros. Alisten sus armas y disparen a matar. (Cuando el sargento notó nuestra indecisión, sacó de su morral una bolsa con un polvo blanco y, para que tuviéramos valor, nos obligó a inhalar un poco de ese polvo. El capitán y el sargento fueron los primeros en aspirar dicha droga).
Al llegar a esas viviendas nos ordenaron que sacáramos a los moradores de aquellas viviendas y los hiciéramos tender en el piso, boca abajo. Aquellos humildes campesinos –hombres, mujeres y niños) suplicaban que les perdonáramos sus vidas, pero aquel capitán y el sargento nos ordenaron que les disparáramos porque tenían conocimiento que ellos eran asesinos de nuestros compañeros soldados.
Bajo los efectos de la droga que nos hicieron aspirar, se nos obnubiló la conciencia y les disparamos, a quemarropa, a aquellos inocentes seres.
Pasado el efecto de la droga, sentí un profundo remordimiento al mirar aquellos cadáveres, pero acallaba mi conciencia diciéndome que estaba cumpliendo una orden de mis superiores.
Después vi algo abominable que me causó vómitos. El sargento retiró el cadáver de una joven mujer; lo desnudó y se desnudó él y empezó a copular con esa difunta, bajo la grotesca risa del capitán; luego nos ordenaron que los desvistiéramos y les pusiéramos prendas militares y algunas armas. Nos hizo aspirar otra dosis de cocaína y nos ordenaron dirigirnos al campamento que días antes habíamos levantado. (Esa noche no pude conciliar el sueño).
Una Mañana llegó a nuestro campamento un vehículo militar que nos trajo municiones y pertrechos. El vehículo lo ocupaba un coronel con su respectiva escolta, quien nos felicitó por la labor cumplida. Luego el coronel, el capitán y el sargento se retiraron de nosotros y empezaron a hablar en voz baja entre ellos.
Nos llamaron a formación y el coronel nos felicitó y nos obsequió con cincuenta mil pesos a cada uno de nosotros y varias botellas de aguardiente para que festejáramos por el éxito de aquella misión. (Esta plata, nos dijo, es una propina de los ganaderos de la región que están siendo azotados por estos delincuentes.
Holgazaneamos por varios días.
Cierta tarde nuestro capitán, por el sistema de transmisión, recibió una llamada del coronel. Después de dialogar con el sargento nos llamaron a formación y nos dijeron que preparáramos nuestros equipos, porque en la madrugada del próximo día saldríamos a una misión a varios kilómetros, en un pequeño valle.
Durante varios días estuvimos caminando y atravesamos la cordillera.
De pronto divisamos un valle, cuyas tierras parecían ser muy fértiles, pues los cultivos eran abundantes y de buen aspecto. Las fincas tenían buenos pastos y el ganado vacuno, equino y porcino tenía un buen aspecto, lo mismo que las aves de corral.
Como era de día y estábamos en la cima de la montaña, el capitán nos hizo tender en el suelo y permanecer en esa posición hasta nueva orden. Es posible, nos dijo, que aquellos subversivos tengan binoculares y detecten nuestra presencia. Tenemos que caerles por sorpresa en la madrugada.
Cuando el día aun no había aclarado el capitán nos dijo que guardáramos silencio y bajáramos al valle sigilosamente, para caerles de sorpresa.
Al llegar a la planicie sus moradores se hallaban durmiendo, pero los ladridos de los perros los despertaron. Cuando encendieron luces en sus viviendas y abrir las puertas para enterarse de lo que estaba ocurriendo, se encontraron rodeados de soldados, a quienes confundieron con paramilitares. Algunos emprendieron veloz carrera hacia la montaña. Unos pocos escaparon con vida, pero otros fueron abatidos por las balas de los soldados.
Cuando el día aclaró totalmente nuestros superiores nos ordenaron que lleváramos a esas personas a la plaza de la aldea.
Aquellos campesinos: ancianos, jóvenes, mujeres y niños, con el llanto en los ojos nos suplicaban que no les hiciéramos daño.
Ante el llanto y ruegos de aquellas indefensas personas, aquel malvado sargento se transfiguró: sus saltones ojos se inyectaron de sangre y parecían que iban a saltar de sus órbitas; su cara tomó el aspecto de una fiera que se alista para atacar. Apuntó con su metralleta y comenzó a disparar contra aquella gente, y con fuerte voz, nos ordenaba que hiciéramos lo mismo, pero mi conciencia me ordenaba que no lo hiciera, pero, ante su amenazante voz, me vi obligado a hacerlo.
Entre los cadáveres estaba el de una niña, de aproximados once años, Aquel pervertido sargento se quitó su uniforme y desvistió el cadáver de la difunta niña y, delante de nosotros, violó aquel inocente cuerpo (necrofilia). El capitán, mirando aquel abominable acto, lanzaba estruendosa carcajadas, como si fuera el chiste más gracioso del mundo (supe después que estos aberrantes actos eran su costumbre y, aquel depravado capitán, gozaba con ello, y esto le producía orgasmos, mojando el pantalón de su uniforme).
Una mañana se presentó, nuevamente en nuestro campamento, con una fuerte escolta militar, aquel coronel que ya conocíamos. Nos llamó a formación y nos felicitó por el buen desempeño de nuestro deber y nos informó que nos había conseguido una licencia por quince días, para que visitáramos a nuestras familias, pero que no le comentáramos a nadie sobre lo que ocurría en las montañas, porque pondríamos en peligro nuestra misión. Nos obsequió a cada uno de nosotros la suma de $250.000. Nos dijo que al siguiente día llegaría un camión militar que nos trasladaría al cuartel para que hiciéramos entrega de nuestros equipos y recibiéramos los viáticos de ida y regreso a nuestra región.
Viajé a la finca de mis padres, a la que mucho extrañaba, y fui recibido con abrazos y besos de mis progenitores y de mis hermanos y hermanas.
De regreso al cuartel, por término de la licencia, se nos informó que teníamos que regresar al campamento en el término de dos días.
Continuamente recibíamos para incursionar en las aldeas vecinas, y bajo los efectos de las drogas (marihuana y cocaína) que nos proporcionaba el sargento, nos habituamos a matar a sangre fría.
Al cometer aquellos crímenes, y como era su costumbre, el capitán nos ordenaba que vistiéramos los cadáveres con prendas militares y les colocáramos pistolas, revólveres y fusiles y, también minas quiebrapatas. Luego procedía a tomarles fotografías de diferentes ángulos y, con un extenso informe las enviaba al cuartel.
Nos habíamos convertidos en máquinas de matar; cumplíamos ciegamente las ordenes de nuestros superiores, sin rechistar. Estábamos por las drogas que nos hacían consumir.
Cierta mañana el capitán nos ordenó salir a cumplir una misión para buscar a un foco de insurgentes que se hallaban por esos parajes. Cuando llevábamos varios días de deambular por esos parajes, noté que aquella topografía me era familiar y se lo hice saber a mi capitán y a mi sargento, quienes me dijeron que estaba equivocado, puesto que nunca habíamos estado por ese lado de la cordillera. Como seguía insistiendo, recibí una fuerte reprimenda y me dijeron que me estaba volviendo un cobarde.
En los lugares que teníamos que pernoctar instalábamos un campamento provisional.
Una noche, acudiendo a un llamado fisiológico, me alejé varios metros del campamento. De pronto escuché que dos personas hablaban en voz baja. Con suma precaución me acerqué al lugar donde se escuchaban aquellas voces, y reconocí que eran las del capitán y el sargento. Escuché que decían: tenemos que eliminar a toda la gente de estas regiones, y hay bastantes millones para nosotros.
Comprendí que las masacres que nos hacían cometer tenían motivos de lucro (esto no se los conté a mis compañeros soldados por temor que alguno de ellos me delatara).
Cuando llegó la madrugada de aquel día nos ordenaron que alistáramos las armas porque teníamos que atacar a unos subversivos que estaban atrincherados en un pueblo poco distante, y darlos de baja a todos ellos.
Como tenía un raro presentimiento y sabía que antes habíamos estado en aquel lugar y, a medida que íbamos avanzando, me fui rezagando.
En medio del claroscuro del amanecer, vimos a unos seres que se nos acercaban. Se me erizó la piel al reconocer a aquellas personas que habíamos asesinados días atrás.
Presos de un intenso terror empezamos a disparar contra aquellos seres, quienes no caían a pesar de los múltiples impactos de balas que recibían. Velozmente se acercaron hacia nosotros. Estábamos paralizados por el terror. Como estaba a la zaga, reaccioné rápidamente y emprendí veloz carrera pero, al oír los gritos de terror y el clamor de perdón de mis compañeros, volteé a mirar hacia aquel lugar y vi que la tierra se abría y de aquella abertura salían lenguas de fuego. Aquellos seres lanzaron a todos mis compañeros hacia aquel infierno.
Continué con mí huida, pero escuché sus atronadoras voces que me decían: IREMOS POR TI…
No recuerdo como llegué a mi cuartel –me creían un desertor-. Trataron de comunicarse con el campamento, pero todo intento fue infructuoso. Mandaron una comisión al campamento, pero no encontraron a nadie. En el campamento no había vestigio de vida.
Cuando relaté lo sucedido me creyeron un loco y me encerraron en un calabozo.
Algunos oficiales sugirieron que, quizá, me había convertido en un traidor y que había hecho asesinar a mis compañeros; que había inventado ese fantástico relato (increíble) para evadir responsabilidades y evitar un concejo de guerra.
Estando en el calabozo y en horas de la medianoche, empecé a escuchar unas voces que me decían: hemos venido por ti…hemos venido por ti… A los fuertes gritos que empecé a lanzar, acudieron al calabozo varios oficiales y soldados de guardias, para saber que estaba sucediendo. Cuando abrieron la puerta del calabozo vi, detrás de los soldados, aquellos seres que me señalaban y me decían: hemos venido por ti… Parecía que yo era el único que los podía ver y oír. Sentía que me agarraban y jalaban de mí. Forcejeaba con los soldados que me sujetaban. Cuando me calmé un poco, pedí que me llevaran a una iglesia porque quería confesarme.
Extrañamente accedieron a mi petición y me llevaron a la iglesia más cercana. Cuando entré al confesionario y del lugar donde se sienta el cura, oí unas fuertes voces que me decían: HEMOS VENIDO POR TI… Perdí la razón y el control de mis esfínteres y las heces salieron de mis entrañas… Grité con todas las fuerzas de mis pulmones, y emprendí veloz carrera, pero fui alcanzado y dominado por varios soldados, con quienes luché fieramente. Veía a muchos a los que le habíamos quitado la vida, los que me sujetaban por los brazos y me decían: AL FIN TE TENEMOS… Lo demás ya lo sabe, doctor.
Esa noche aquel paciente alertó a todo el hospital por los fuertes gritos que profería. Sus ojos estaban inyectados en sangre y brotados de sus órbitas, miraba a todos los rincones del hospital. Con sus gritos decía: ALLI ESTAN…ALLI ESTAN. No dejen que me lleven… MIRENLOS, ALLI ESTAN. Como era difícil controlarlo, ordené que le fuera colocada una camisa de fuerza y se le encerrara en cuarto acolchado para que no se hiciera daño y, también, que se le aplicara un calmante.
Al llegar la medianoche se escucharon unos fuertes gritos del soldado y unas guturales e incompresibles voces. Se sintió un ligero temblor, por algunos segundos, y por la mirilla del cuarto donde estaba recluido aquel soldado, se vio un fuerte resplandor; la tierra se había abierto dentro del cuarto y el soldado había desaparecido. Se sintió un fuerte olor a azufre.
También se supo que varias casas habían colapsado, con sus habitantes adentro, entre ellas estaban la de un coronel y dos senadores.
Cuando los organismos de socorro se presentaron para rescatar a los sobrevivientes, sintieron un fuerte olor a azufre y no encontraron a los dos senadores ni al coronel. Parecía que se los había tragado la tierra.
Cuando los organismos de socorro se presentaron para rescatar a los sobrevivientes, sintieron un fuerte olor a azufre y no encontraron a los dos senadores ni al coronel. Parecía que se los había tragado la tierra.