Una fuerte explosión, seguida de un voraz incendio, se presentó en el tercero y cuarto piso de un edificio municipal de la ciudad. Presumiblemente se trataba de un atentado de alguna de las mafias del narcotráfico, puesto que en ese edificio funcionan varios juzgados, donde se ventilan algunas investigaciones sobre estos delitos.
El funcionario de un juzgado, Braulio Gómez Abadía, en medio del sofocante calor y la densa humareda, sacó un pañuelo de su bolsillo y lo humedeció con el agua del tanque de un sanitario de su oficina y corrió, semi aturdido, en busca de los ascensores, pero estos no funcionaban. En medio del denso humo buscó las escalas y llegó al tercer piso. De pronto escuchó unos angustiosos gritos, en demanda de auxilio, desde el interior de unas oficinas. Trató de abrir la puerta, pero esta se encontraba trabada. Retrocedió un poco y, tomando impulso, con el hombro derecho, arremetió contra la puerta y la derribó. Dentro de las oficinas se encontraban dos mujeres que estaban inconscientes, por los efectos del humo. El hombre, quien había pedido auxilio, estaba a punto de desmayarse. Como pudo arrastró a las dos mujeres hacia un pasillo más seguro y regresó por el hombre que ya se hallaba inconsciente. Cuando se agachó para auxiliarlo y ponerlo a salvo, un pedazo de cemento se desprendió del techo y le cayó en la cabeza dejándole sin conocimiento.
Pasado poco rato aparecieron varios bomberos y miembros de la Defensa Civil, quienes les rescataron y los remitieron a un hospital
Braulio decidió tomarse unas vacaciones y, como era amante del silencio y la soledad viajó a un puerto de mar y contrató a un lanchero para que lo llevara a un pueblo que quedara retirado del bullicio porque quería descansar.
El lanchero le dijo que conocía un caserío con una hermosa playa y, quienes en ella habitan son muy hospitalarios. Braulio le pidió que le llevara hacia aquel lugar.
De común acuerdo sobre el costo del viaje, emprendieron la marcha hacia aquel lugar. Cuando llegaron al caserío –que era de pescadores- , le agradó mucho aquel sitio. Dialogó con los pescadores y les pidió el favor que le alquilaran una casa, le asistieran con los alimentos y el lavado de ropa, pues quería quedarse algunos días para descansar, puesto que aquel lugar le había agradado mucho.
Después de haberse instalado y descansado un rato, decidió caminar por la playa; se dio un chapuzón en sus tibias aguas y regresó a la hora de la comida. Al llegar la noche, la que estaba iluminada por la luna llena, sintió un fuerte y raro deseo por caminar en por la playa. Los habitantes del lugar le dijeron que no se dirigiera a determinado lugar de la playa. Braulio les preguntó el por qué y ellos le dijeron que en noches de luna llena, en ese sitio, se escuchaban extrañas voces que salen del mar. Intrigado por esos comentarios y sintiendo una voz interior que lo llamaba, decidió dirigirse hacia aquel lugar.
Cuando llegó al sitio prohibido, se sentó en un viejo tronco de árbol que yacía varado en la playa; lanzó su mirada hacia la infinidad de las aguas. De pronto, a lo lejos, escuchó una dulcísima voz de mujer que cantaba una hermosa canción. Cuando trató de llegar al lugar de donde salía esa bella voz, escuchó un ruido en el mar y le pareció ver que algo velozmente se alejaba.
A la siguiente noche volvió a sentir en su interior un extraño llamado que lo incitaba a dirigirse al mismo lugar de la noche anterior. Al llegar al sitio, decidió sentarse en el mismo tronco y dirigió su mirada hacia la inmensidad del mar. Estando ensimismado en sus pensamientos escuchó un ruido en el mar y muy cerca de él; su mirada se posó en algo que salía de las aguas y pudo ver que se trataba del torso de una bella mujer, cuyos senos estaban cubiertos de algas. Lo saludó con las dos manos y le dijo: Tú eres el hombre de mis sueños; te espero mañana a esta misma hora para que tengamos un diálogo. Le envió un beso con la palma de la mano derecha y le dijo: amor mío, te he aguardado desde hace mucho tiempo. Te espero mañana y se zambulló en las profundas aguas
Cuando llegó la siguiente y última noche de luna, Braulio acudió al lugar de la cita y, de pronto, entonando una bella canción apareció, en medio de las olas del mar, aquella hermosa mujer vestida con un traje de algas y llegó hasta donde se encontraba Braulio, quien no salía de su asombro al ver tanta belleza plasmada en una mujer. Acercó su cuerpo al cuerpo de Braulio y le dio un fuerte abrazo y le colmó de sensuales besos. Braulio se sintió transportado al paraíso.
Pasado el momento de aquel éxtasis. Se sentaron en el tronco de la playa. La mujer le entregó a Braulio una extraña concha de mar y le dijo: abre sus valvas y encontrarás dentro de ella una perla negra que es símbolo de mi amor. Si la pierdes, cuando te vayas, nunca más me encontrarás, pero si la conservas, me hallarás en este mismo lugar.
Braulio, quien se encontraba en estado de coma, se despertó bruscamente. Los médicos del hospital le informaron que había estado en coma durante veinte días. Le hicieron un riguroso examen y conceptuaron que su estado de salud era óptimo, pero que tenía que estar hospitalizado tres días más para observación
Sintió que su puño derecho contenía algo; lo abrió y encontró en él una extraña concha de mar y, al mirar en su interior, encontró una perla negra. Intrigado por esto empezó a recordar lo que consideraba un sueño, producto de su estado de coma, había algo de real, pero no le encontraba una lógica explicación.
Pasado los tres días Braulio fue dado de alta del hospital, Se dirigió a las oficinas donde prestaba sus servicios y solicitó que le concedieran vacaciones porque necesitaba descanso para reponerse del trauma sicológico que le había quedado después de aquellos acontecimientos, las que les fueron concedidas de inmediato.
Viajó a un puerto y se encontró con el lanchero que conocía; le saludó y le preguntó que si lo recordaba, pero este dijo que nunca lo había visto en la vida. Le pidió al lanchero que lo transportara a determinada aldea de pescadores. Cuando llegaron al lugar, ante su asombro, Braulio reconoció aquel paraje y a sus moradores, pero estos dijeron no conocerlo. Les solicitó albergue, asistencia de alimentos y lavado de ropa. Aquellos amables pescadores lo alojaron en la casa que Braulio conocía. Al llegar la noche, después de una suculenta cena de pescados y mariscos se sentó a dialogar con los lugareños y les dijo que pensaba caminar un buen rato por la playa. Los amables pescadores le advirtieron a Braulio que no se acercara cierto lugar de la playa porque estaba embrujado.
La luna lucía en todo su esplendor y sus argentados rayos iluminaban el mar y la extensa playa. Braulio encaminó sus pasos hacia el sitio advertido por los pescadores; se sentó en aquel tronco varado en la playa y fijó su mirada hacia el horizonte del mar.
Estando absorto en sus pensamientos empezó a escuchar aquella hermosa y anhelada voz que cantaba una canción alusiva a él: has vuelto a mí, amor de mis amores; tu promesa de volver la cumpliste: ahora seré toda tuya. Aquella hermosa mujer salió del mar, ataviada con un traje de algas, y se le acercó a Braulio. Le abrazó y le colmó a besos, y le dijo: hace mucho tiempo he soñado contigo. Pacientemente te he esperado y se que tu también me has soñado. Se fundieron sus cuerpos en otro fuerte abrazo. De sus caderas hacia sus miembros inferiores se convirtieron en cola de delfines y se perdieron en la inmensidad del mar.
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